En este sentido, el sentimiento de tristeza se ve magnificado por partida doble, ya que no solo se termina la asignatura, sino que también comienza la recta final de Psicopedagogía y todo lo que en ella ha ocurrido, lo que me hace ver lo afortunado que he sido.
Si bien es verdad, que hay carreras univeristarias que están llamadas a proporcionar el conocimiento de ciertas realidades sobre las que el estudiante nada puede influir, como es el caso de la historía, la matemática, etc. Por el contrario, otras carreras tienen por objeto no tanto el conocimiento de unos hechos ajenos a la propia voluntad cuanto la preparación para una acción que puede encauzarse de varios modos. En este caso la carrera universitaria deberá ayudar a que se consiga una maduración y una reflexión profunda sobre las realidades de las que se trata, en orden a facilitar que tal acción se lleve a cabo del modo objetivamente más conveniente.
Es obvio que la Psicopedagogía se encuentra en este último ámbito descrito. La orientación no es una cosa ante la que tropezamos y que nos ponemos a analizar. La orientación es una actividad a la que podemos dedicarnos y que en la medida en que nos dediquemos a ella la hacemos. Es, por tanto, un quehacer, que revestirá unas características u otras según la voluntad de quienes estén empeñados en la tarea orientadora. Consecuencia de esto será que mientras un mal historiador confunda fechas pero no por ello estas cambien de sitio, un mal orientador - en lo que de él dependa- llevará a las personas que han confiado en él al error en vez de a la verdad, al empequeñecimiento en vez de a la plenitud.
Debe aclararse que esta posibilidad de maltratar a las personas tiene diversa formas de realizarse. Maltratan quienes carecen de la capacitación técnica necesaria para solucionar, por ejemplo, los problemas instructivos que se presentan, desde que hacer con un alumno problemático a cómo se debe resolver un conflicto de tres. Pero maltrata también quien cree que la tarea orientadora cabe reducirla al cultivo de la sabiduría y a quien confunde el departamento de orientación con un lugar para resolver problemas. Y maltrata igualmente quien se propone una meta ideologízada la que todo superdita.
De ahí, que esta despedida sea aviso para concienciar la necesidad de que la formación del psicopedagogo deba tener diversos aspectos, siendo uno de ellos el de estar en condiciones de reflexionar sobre su acción, analizando sus fundamentos, medios y metas. Si queremos que la tarea orientadora sea realmente profesional y no simplemente mecánica, es preciso que nos alejemos de toda practiconeria ciega y esclava - a veces inconsciente- de la mentalidad dominante, para convertirnos en personas que lúcidamente conozcan el sentido la valía de las metas que se proponen y de los medios que usan, y esto hacérselo ver a las personas que entran en nuestro despacho. En otros términos, no hay duda de que puede haber orientadores que reduzcan su esfuerzo a poner por obra lo que hicieron con ellos o lo que les han dicho que hagan. Pero nadie será un buen profesional de la orientación si no se pregunta sobre las condiciones de la verdadera acción orientadora que la hacen legítima y la distinguen de otros modos injustos de influir sobre los demás que usan diversas formas de violencia.
El saber ético, por su índole esencialmente práctica y aplicada a la acción, ha de ser instrumento básico para la esta reflexión que desde hoy rodeará mi profesión, también porque la orientación es una tarea moral, a saber orientada al mejoramiento de la persona como persona; en definitiva a ser mejor persona.
En este sentido, esta asignatura, brinda a nuestra profesión un marco de actuación verdaderamente genuino que ha permitido adentrarme en el intrincado mundo de la persona. Este acceso global a la persona hace que como profesional, pero sobretodo como persona precise no solo de un conocimiento del desarrollo global de la persona, sino también de la necesidad de adentrarme en un proceso de metaconocimiento en el que indagar sobre mi nivel competencial en este aspecto. La profesión de psicopedagogo requiere algo más que saber escuchar, ser empático o formular una pregunta, requiere profesar un amor por saber escuchar, por saber comprender e inevitablemente por querer hacer ver a la persona que hasta una mala experiencia puede convertirse en el principio de una incipiente pero prometedora victoria personal.
Pequeños logros hacen que esta profesión sea tan necesaria, ya que la consecución de un logro personal, lleva aparejado un duro trabajo de superación que no siempre una persona es consciente de tener. Aquí, y no en otro lugar es donde radica el origen de esta profesión, cuya existencia parece peligrar, ya que cada vez son menos las personas que tienen la oportunidad de conocer en verdad lo que implica esta profesión.
Para concluir este trabajo y teniendo en cuenta nuestra responsabilidad ante este hecho, yo como psicopedagogo velare por demostrar a aquellos que consideran la psicopedagogía como una ciencia enferma, que su percepción es errónea.
Teniendo en cuenta este ultimo apartado, parece que no es una despedida sino el comienzo de una batalla en la que sigo sin estar solo
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